6 de noviembre de 2010

De... viaje

Que sí, que me voy de viaje.

¿Que cuándo? Puess... pronto. O muy pronto. Más o menos como... ¡la semana que viene!

¿Que por qué? Puess... porque me apetece, y porque me gusta daros envidia :p Bueno, y que los que odiáis el avión me tengáis un poco de lástima (veinte horitas de ná esta vez).

¿Que cuando vuelvo? Puess... jajaja, 24 días después de haberme ido exactamente.

¿Que a dónde vuelvo? Puess... eso casi no lo sé ni yo!!

¿Que si me estoy haciendo de rogar un poco para deciros a dónde me voy? Puess... sí, pero es que no olvidéis que soy mala ;p

¿Que si os lo voy a decir de una vez? Puess... bueeno anda, aniss madre qué impacientes.

¿Que a dónde leches me voy? Puess...
Al país del sol naciente xD.

2 de octubre de 2010

Cuentos chinos

Cuenta historias. Es como… como un cuento de relatos que se van hilando entre sí. Y entre medias, te enseña cosas. Cosas que están bien y cosas que están mal, pero todo el tiempo te está enseñando cosas, obligándote a reflexionar, mostrándote pensamientos que seguramente ya estaban en tu interior aunque no los pudieras ver con claridad.

Cuentos chinos, dirían algunos. Filosofía tradicional de andar por casa, otros.
Yo veo una gravísima incomunicación, pero al mismo tiempo, una facilidad pasmosa para hablar y expresar cosas que nosotros preferimos negarnos, ignorar que existen: el destino, las señales, los augurios, el nengkan (la capacidad de hacer cualquier cosa que nos propongamos), y también los símbolos, los espíritus, los amuletos…

Supongo que me servirá de entrenamiento para el próximo (muy próximo?) choque cultural (Japón?), aunque, en muchos aspectos, ya me sienta más cerca de ellos que de este otro lado. Quizá por eso me fascina tanto la literatura japonesa y me siento tan cómoda con ella.

“Últimamente me había sentido hulihudu y todo lo que me rodeaba parecía ser heimongmong. Supongo que los significados más exactos serían “confuso” y “niebla oscura”. Pero, en realidad, las palabras significan mucho más. Tal vez no sea posible traducirlas fácilmente porque se refieren a una sensación que sólo experimentan los chinos, como si uno se cayera de cabeza a través de la puerta del viejo señor Chou (el guardián de los sueños) y luego tratara de encontrar el camino de regreso, pero estuviera tan asustado que no pudiera abrir los ojos y anduviera a gatas en la oscuridad, tanteando, el oído atento a posibles voces que le indiquen el camino a seguir.”

El club de la buena estrella- Amy Tan

20 de septiembre de 2010

Com-pasión por favor!

Plantar un libro, tener un árbol, leerle a un niño, a lo hecho pecho, las cosas claras, el chocolate espeso y la pasión... turca.

Pues eso, que sí, que ahora me ha dado por leer novela rosa, ya ves. Pero sólo éste eh?, lo prometo! al menos, por una temporada.
Es que todo es taaan intenso, y taaan abrumador, y taaan apasionante que... en fin, que hay que dosificarse, que una es golosa pero todo tiene límites en esta vida.

Hay que reconocer que la historia engancha a pesar de (o gracias a, quien sabe) esas exageraciones tan novelescas. Que si una vieja te echa las cartas y lo adivina todo oiga, que si te desmayas por ver una nuca o unas espaldas o por escuchar una voz hablándole a un autobús, que si te da tiempo a revolcarte contra una pared con tu guía turístico mientras el resto del grupo, qué casualidad, a medio metro de ti, se queda anonadado todos al completo, observando una colina o cualquier otra tontería.
En fin, que a la pobre Desi se la veía venir, que una vida tan gris necesita una escapatoria "a la altura de las expectativas", y parece que el turco otra cosa no, pero pasional lo es un rato (o unos cuantos más bien...)

Me siento como cuando te enganchabas a la novela de por la tarde, todo el tiempo preguntándome qué pasará, aisss qué cosas. Es que, comprendedme, el amoorrrr este así tan, tan... tan pasional, pues tiene su puntito oiga, claro que, es una novela, vamos un cuento chino, venga hombre, de qué si no, como que estas cosas pasaran alguna vez a alguien fuera de los cines y los libros, que no, que no, que esto es ficción pura y dura, que...

Que qué malíssima es la envidia oiga...
xDD.

Leyendo La pasión turca, de Antonio Gala.

25 de agosto de 2010

La soledad era esto

"–¿Tú crees que somos vulgares?
–Tú nunca has sido vulgar.
–Te pregunto por nosotros, no por mí.
–No hemos sido vulgares gracias a ti.
–¿Tú eres vulgar entonces?
–Yo quiero ser vulgar desde hace mucho tiempo –respondió Enrique con un tono que estaba entre la amargura y el resentimiento.
–¿Por qué? –insistió Elena.
–Porque deseo ser feliz."

"Cada uno de nosotros elige su propio infierno, aquel en el que se encuentra más cómodo. (...) Lo que te ocurre a ti es que todavía ignoras en qué infierno quieres vivir. Averígualo, date el tiempo que necesites y cuando lo sepas dímelo. Creo que podré pagártelo por caro que resulte. Entretanto, procuremos tener un poco de calma, por favor."

"Esto debe de ser la soledad, de la que tanto hemos hablado y leído sin llegar a intuir siquiera cuáles eran sus dimensiones morales. Bueno, pues la soledad era esto: encontrarte de súbito en el mundo como si acabaras de llegar de otro planeta del que no sabes por qué has sido expulsada. (...) La soledad es una amputación no visible, pero tan eficaz como si te arrancaran la vista y el oído y así, aislada de todas las sensaciones exteriores, de todos los puntos de referencia, y sólo con el tacto y la memoria, tuvieras que reconstruir el mundo, el mundo que has de habitar y que te habita. ¿Qué había en esto de literario, qué había de divertido? ¿Por qué nos gustaba tanto?"

Breve, de fácil lectura, sin un gran argumento.. ni falta que le hace. Tiene un premio, pero eso es lo de menos. Desde las primeras páginas te envuelve su atmósfera lánguida y tristona, y dejar de leer significa salir de ella, así que no, no quieres dejar de leer. Porque a pesar de ser tan triste, te hace sentir intensamente, la soledad, el abatimiento, la incomprensión, las ausencias, la necesidad de identificarse con alguien, de ser y sentir igual que alguien para dejar de estar tan absolutamente solo en el mundo, aunque ese alguien se encuentre en las antípodas, en la otra punta del mundo, pero estará sintiendo, disfrutando o sufriendo exactamente lo mismo que tú y en el mismo momento. Si haces un esfuerzo por pasar un rato agradable tu antípoda te lo agradecerá porque ella también lo sentirá. Si lloras también lo hará ella, aunque no sepa muy bien por qué. Sí, eso nos cuenta Millás, que todos tenemos una antípoda, y digo yo que tal vez deberíamos pensar en ella y en su bienestar más a menudo. Así que ya sabes, sonríe un poquito para tu antípoda, piensa en cosas agradables y procura ser feliz, hazlo por ella, por tu antípoda.

Me ha recordado en el estilo a En ausencia de Blanca, de Antonio Muñoz Molina, y quizá a La tregua, de Mario Benedetti, así que si te gustó alguno de ésos creo que deberías apuntarte éste también.

No sé si es por mí (porque soy rara) o por Juan José Millás (porque escribe bien), pero me ha resultado increíblemente fácil, casi diría inevitable, comprender a un personaje tan extraño como Elena. A lo mejor es que, al final y en el fondo, los raros no lo somos tanto, y quizá resulta que el mundo está lleno de gente rara que va por ahí aparentando no serlo. ¿Aparentaré yo ser rara? En fin... eso mejor lo dejamos para otro post!

La soledad era esto, de Juan José Millás

23 de agosto de 2010

Historia de un matrimonio

Con ese título, y con esa sinopsis, una espera leer una historia más. Una vida tranquila y sosegada que cambia drásticamente con la aparición de otro hombre. Qué manido, qué trillado, qué...

No, no. Qué va. En absoluto.Es una historia diferente, mucho más compleja, que te va llevando de sorpresa en sorpresa, dejándote con la boca abierta en varias ocasiones y obligándote a parar y recapitular con cada nuevo descubrimiento.

Sí, quizá destila un aire de tristeza, de abandono, de desamparo. Te hace sentirlo como algo normal, algo como una lástima, sí, pero ¿qué se puede esperar de esta vida?

"Todos creemos conocer a quienes amamos y, aunque no debería sorprendernos descubrir que no es así, ese descubrimiento siempre nos rompe el corazón. Es la revelación más triste, por cuanto atañe no tanto al otro como a nosotros mismos. Ver nuestra vida como una fábula que hemos escrito y nos hemos creído. La sensación que se apoderó de mí aquella noche –de que no conocía a mi Holland, ni a mí misma, que quizá era imposible conocer a una sola alma de este mundo– fue de una espantosa soledad."

"Experimentaba la misma sensación que una enfermera que, al hacer la ronda, descubre que sus pacientes han huido durante la noche. ¿Qué vida salvará ahora? ¿La suya?"

"¿Por qué lloraba aquella mañana? (...) Por aquella ilusión ridícula de que, aun después de que sonara la última señal, al final, hubieras luchado por mí. Lloraba al comprender, de una vez para siempre, que no había sido así."

Es, a pesar de ese aire de desconsuelo, una historia bonita. Y habría pensado que no era nada más que eso, una historia entretenida y agradable de leer, de no ser por el final. Como casi siempre en la vida, el final lo cambia todo. El final nos demuestra si nos equivocamos o no, si elegimos el camino correcto o el equivocado, si hicimos bien o mal en actuar o en dejarnos llevar o en lo que quiera que hayamos hecho. La conclusión, el resultado.

Odio, ODIO con todas mis fuerzas los finales felices. Es algo superior a mí, no puedo controlarlo. Quizá sea por una estúpida sensación de que se malgastan, y luego ya no nos quedan para la vida real. O, simplemente, por evitar que la realidad salga malparada en esas horribles comparaciones, a veces inevitables. De hecho disfruto con los finales trágicos que te hacen llorar, sobresaltarte o que te encogen el corazón.
Pero en este caso no se trata de si la historia tiene un final feliz o no. El final es lo que le da sentido al libro, el final explica todo lo demás, el final... es la última sorpresa. Pero no cuando lo lees, sino cuando piensas en ello una vez cerrado el libro. La moraleja, la explicación.
Y, al fin, lo entiendes.

"Dicen que hay tantos mundos como decisiones tomamos."

"Atrapa el éxtasis si se pone a tu alcance; atrapa el amor si lo encuentras."

Historia de un matrimonio- Andrew Sean Greer

8 de agosto de 2010

Un poema para Missing

Nunca nadie me había escrito un poema.
Hasta hoy.

Inspirar en alguien, cuya vida es ahora mismo una voraz vorágine que arrasa con cada minuto y cada aliento, un poema de cincuenta versos es… cuando menos, profundamente conmovedor.

A lo mejor para otras musas no significa nada, pero para una servidora, como digo nada acostumbrada a ser el objeto de tales atenciones, despertar sentimientos tan intensos es de una emotividad turbadora.

Me ha emocionado. Profundísimamente.
Me ha dejado noqueada, en estado de casi shock.
Supongo que es su cruel venganza por la carta de recomendación de hace casi un año. Casi un año, cómo pasa el tiempo…

A veces creemos que las palabras no nos sirven, que se quedan muy pequeñitas para expresar lo que sentimos, que tendrían que existir otras, más grandes o más profundas, que alcanzaran a transmitir la inmensidad e intensidad de nuestros sentimientos.
Algo así me pasa a mí ahora al tratar de mostrar mi agradecimiento. Pero no vale, no es justo. Porque él sí ha sido capaz de encontrar esas palabras, de utilizarlas a su antojo para hacerme sentir sus emociones.
Y vaya si me han llegado, un golpe certero, ¡trac! justo en el centro del pecho, donde… donde aprietan siempre los grandes afectos.
Hay algo grande cuando los te quieros te saben a poco..

13 de julio de 2010

Contradicciones

Se me pasa. Se me está pasando. La neura lectora que impedía que ningún libro me durase más de dos o tres días se está evaporando poco a poco. Ahora empiezo a ser normal. Este mes no voy a leer doce libros, lo cual me produce sensaciones confusas, contrapuestas. Por un lado me alegro de mi pequeña muestra de normalidad. Por otro me da pena, disfrutaba de mi avidez.

Y no es la única sensación contrapuesta que tengo. Por un lado me tienen atrapada los japos con sus historias raritas, especialmente esta Yoshimoto (Murakami, Murakami, siempre primero Murakami) con su libro repleto de espíritus, presencias extrañas, comunicación extrasensorial, muertos a medias, sueños reales y un sinfín de cosas fascinantes envueltos en una normalidad apabullante. Me gustaría seguir leyendo libros en esta línea, tengo varios en mi lista de pendientes-y-ardorosamente-deseados.
Y por otro lado el cuerpo me pide a gritos un cambio. Algo diferente, algo nuevo, sentir distinto, novedad, novedad, otra cosa. Lo cual, aplicado a la lectura, se traduce en cosas como: libros sobre correr (quién me lo iba a decir a mí... (si es Murakami vale todo)), miniclub de Paul Auster, o lectura ligera (aunque quién sabe...) con toque romántico de, por ejemplo, Anna Gavalda.

Y comprar, me apetece comprar. Libros, claro. De nuevo contradicción. Hay al menos diez libros que necesito comprar, tener, poseer. Y habría infinidad de ellos que desearía comprar para leer tranquilamente. Tengo manga ancha para hacerlo, y en cambio... rehuyo de las librerías, me dan miedo, o más bien me doy miedo a mí misma si piso una de ellas. Es un quiero y no quiero, puedo y no puedo. Y para colmo, este fin de semana he admirado librerías personales más que dignas durante horas, y se me han llenado los oídos oyendo hablar de algunas francamente impresionantes. Envidia cochina.

Y mientras, seis días para leer doscientas páginas de un libro que me está apasionando. Soy normal, soy normal... ¡Qué coño, soy lenta! El fin de semana comienzo Invisible. Y espero compaginarlo con algún otro.

Jo, soy rara hasta cuando soy normal...

24 de junio de 2010

Mmmm...

Imagínate que nunca en tu vida hubieras comido una magdalena. Ni un sobao pasiego. Ni siquiera un trozo de bizcocho. Imagínate que no supieras a qué sabe, ni qué sensaciones produce en tu boca algo tan esponjoso como un delicioso y exquisito bizcocho casero.

Hoy he hecho el bizcocho más rico de todos. Mmmm...
Lo reconozco, era una receta especial, nunca antes experimentada. Y, no es porque lo diga yo, pero ha quedado perfecto, con sus almendritas y todo. Y para rematar lo he rellenado con una salsa especial (especial y secreta) de chocolate. Había que esmerarse, no todos los días una tiene la potestad de conseguir que a alguien le gusten o no le gusten los bizcochos, así, en general.

Creo que yo estaba más nerviosa que él. Y más emocionada. Muchísimo más emocionada. Uff, emocionadíssima.
Primero, cuando (por fin) se levantó, le di a probar una pequeñisima muestra de la masa cruda, que, si bien cató con bastante reparo, finalmente dijo que no sabía qué era pero que no estaba mal.
Luego, al terminar de rellenarlo, le di a probar un poco del relleno de chocolate especial directamente de la jeringa. Creo que le sorprendió la jeringa en sí, pero el chocolate le gustó mucho.
Cuando por fin estuvo listo para ser comido nos sentamos a la mesa, contemplándolo. Yo, más bien, contemplándole a él. Parecía que su intención previa se inclinaba hacia que le gustara, que estaba predispuesto positivamente. Sus ojos decían que sí, que quería probarlo, que realmente quería probarlo, y que no iba a hacerlo con reparo o con asco. No se hizo de rogar cuando le tendí el cuchillo ni se cortó un pedazo ridículo por si no le gustaba. Lo hizo con decisión, como si llevara toda la vida comiendo mis bizcochos.

Y le gustó, vaya si le gustó. Qué ilusión. La mía digo. Tanto, tanto... que después de hacerme lógicamente de rogar un buen rato, acabé confesándole el secreto del chocolate. Qué le voy a hacer, soy demasiado débil cuando se trata del Niño!

10 de marzo de 2010

El despiadado mundo de los traductores

Recuerdo que la primera vez que empecé a leer un libro de un japonés (lo recuerdo sobre todo porque no fue hace tanto tiempo) pensé profundamente sobre esto mismo. El libro que tenía ante mí, lo que yo iba a leer, ¿era realmente el libro del tal señor japonés? ¿eran esas sus palabras, sus expresiones, su forma de narrar, su lírica? ¿o eran las de la traductora? ¿los símbolos que él había elegido del japonés para escribir ese libro se corresponderían exactamente con las palabras que había elegido la traductora?
Pensé, recuerdo, que del francés o del italiano no tendría porqué ser difícil conseguir una traducción enérgicamente fiel, casi casi literal. Con otros idiomas supongo que la cosa se complica un poco. Pero ¿y con el japonés?
Lo cierto es que una vez que empecé a leer el libro todos estos pensamientos se disiparon, quizá gracias a mi memoria de pez, quizá gracias a que la versión de la traductora me gustaba lo suficiente como para no plantearme cómo serían otras.

Ayer, en el foro, hablando sobre un libro también japo, alguien colgó los dos principios de dos ediciones diferentes, uno traducido directamente del japonés por un tal César, y otro traducido de una traducción inglesa por un tal Juan. Y me consta que al menos existe una tercera, si no más. Creo que hablan por sí mismas.

"El tren salió del túnel y se internó en la nieve. Todo era blanco bajo el cielo nocturno. Se detuvieron en un cruce. Una muchacha sentada del lado opuesto del vagón se acercó a la ventanilla del asiento delantero al de Shimamura y la abrió sin decir palabra.
El frío invadió el vagón. La muchacha asomó medio cuerpo por la ventanilla y llamó al guarda como si éste se hallara a gran distancia. El hombre se acercó con lentitud sobre la nieve, sosteniendo un farol en la mano. Llevaba bien cerradas las orejeras de su gorra y una bufanda que apenas dejaba una rendija para los ojos.Ese frío, claro, pensó Shimamura. Barracas dispersas que quizás habían sido vagones–dormitorio ocupaban la ladera congelada de la montaña. El blanco de la nieve se fundía en la oscuridad antes de posarse sobre los techos.”
Traducción.: Juan Forn.

"Al final del largo túnel entre las dos regiones se penetraba en el país de nieve. El horizonte había palidecido bajo las tinieblas de la noche. El tren disminuyó su marcha y se detuvo en las agujas.
La muchacha que se hallaba sentada al otro lado del pasillo central, se levantó y fue a abrir la ventana, delante de Shimamura. El frío de la nieve invadió el coche. Asomándose tanto como le era posible, la muchacha llamó al guardagujas a voz en grito, como quien se dirige a una persona lejana.
El hombre se acercaba, pisando lentamente la nieve, con una linterna en la mano levantada; una bufanda le tapaba la cara hasta la altura de los ojos, y el gorro de piel le protegía las orejas.
“Tanto frío ya?” se preguntó Shimamura, que miraba al exterior y sólo veía unas pocas chozas agazapadas al pie de la montaña, en el punto preciso donde el blanco de la nieve desaparecía ya en la noche. Sin duda las viviendas de los empleados de ferrocarril."
Traducción: César Durán.

Bueno, si buscas en lo más profundo... en algo se parecen ¿no? en ambas... en ambas... en ambas hay nieve y un tren!

Por supuesto, visto así, uno puede elegir entre una y otra la que más le guste. Es una suerte, no creas. Normalmente ni siquiera llegamos a saber las diferencias abismales que puede haber entre una edición y otra, por lo que nuestra capacidad de elección se convierte en inexistente, nula. Desconocimiento igual a falta de opciones.
Pero, a la hora de elegir, mi problema es que no sé japonés. Porque la versión que yo quiero leer, la que me interesa realmente, no es ni la de César ni la de Juan, es la de Yasunari.
¡Esto sí que es una auténtica torre de Babel! qué maravilloso sería poder leer todos los libros en su versión original.

El contenido, así en global, imagino que es el mismo (sólo faltaría que se pusieran a inventarse personajes o cosas así), pero... ¿y el continente? ¿no es como mínimo igual de importante? las palabras elegidas, las expresiones, el lirismo propio de cada uno, esa facultad que diferencia a los escritores de, expresando lo mismo, conseguir que parezca un poema o un telegrama.
Una buena historia es importante, pero muchas veces lo que hace que disfrutes de verdad de un libro es la forma en la que está escrito. Y yo quiero leer a su autor original, con todos sus matices, su forma de pensar, de sentir, de transmitir.
... ¿Alguien sabe de un cursillo acelerado de japo?...

23 de febrero de 2010

Por lo del guisante...

Y va y me dice la Jefa que ella sabe, a ciencia cierta, que nunca podría ser princesa. Pues vale, en fin, seguramente yo tampoco. No conozco muchos príncipes, la verdad, y lo cierto es que tampoco estoy muy interesada en la realeza. Y por mis venas tengo muy claro que corre sangre de un intenso y vívido color rojo, rojo como la cuerda china que nos une irremediablemente y para siempre a algunas personas. Pero no es eso. No es por todo eso. Es... es por... ya sabes... por... por lo del guisante.

Érase una vez un príncipe, uno de esos de los de los cuentos de príncipes, guapo, apuesto y caballeroso. Y este príncipe estaba harto de no querer a nadie, necesitaba tener a alguien a quien querer. Pero, claro, era un príncipe, y todas las mujeres del reino le querían por interés, o ese temor tenía él. Así que ideó un plan para descubrir cuál de todas esas mujeres era la candidata perfecta para ser reina, cuál era lo suficientemente sensible, cuál era lo sificientemente sincera, dos cualidades a su entender básicas en una mujer y en especial en una princesa.

Preparó una cómoda cama con más de veinte colchones, unos sobre otro, y mullidas colchas entre ellos. Y debajo de todo ello, colocó un guisante.
Fue invitando, cada noche, a una de esas candidatas a princesa a dormir en esa cama.
Éste no era un príncipe moderno, sino más bien, diría, un pelín conservador. Un verdadeero príncipe, vamos. No había decidido elegir a su princesa por una noche de sexo loco y desenfrenado (que lo mismo habría sido mejor oye...). Las posibles princesas dormían solas en esa cama preparada especialmente para ellas, y él descansaba en la habitación contigua.
Y, cada mañana, le preguntaba a la afortunada qué tal había dormido esa noche. Y una tras otra, todas respondían que genial, muy bien, gracias. Una respuesta simple pero que le hacía saber al príncipe que no eran la adecuada, o bien no eran lo suficientemente sensibles como para percibir el guisante, o no eran lo suficientemente sinceras como para decírselo. Y él no quería a alguien así a su lado, compartiendo el resto de su vida. No quería a alguien cualquiera.

Era un príncipe exigente, sin ninguna duda, como han de ser los príncipes. Un príncipe de verdad ha de ser un gran conocedor de todas sus virtudes y talentos, y debe ansiar para sí una persona cuando menos igual de virtuosa. Una verdadera princesa, alguien que pueda fascinarle un poquito más cada día, alguien en quien confiar absolutamente, alguien con tanta sensibilidad que consiga hacerle estremecer con un leve roce. Alguien con quien una vida corriente se convierta en una vida "real".
Y sobre todo, tenía muy claro qué cualidades buscaba en su princesa ideal, cosa terriblemente importante para reconocerla si la encontraba. Era frecuente en otros príncipes fijarse únicamente en la belleza exterior, o en lo divertidas o alegres que fueran las doncellas. Pero éste no, este príncipe era especial. Tenía las cosas muy claras, y sabía exactamente qué quería, qué valoraba en una mujer. Quería encontrar a alguien sensible y sincero.
Pues nada.
Continuaba la búsqueda.
Todas las mujeres del reino iban pasando por su cama noche tras noche emocionadas ante la posibilidad de ser elegidas (uy, perdón, por su cama no, que habíamos quedado en que no era de ese tipo de príncipes...) pero ninguna se percataba del guisante, o ninguna confiaba en él como para decírselo. Y tras un ligero aunque correcto desayuno, un té, un café o poco más, las despedía cordialmente y a otra cosa, digooo, a otra doncella.

El castillo de este príncipe estaba al lado del mar, de una bonita playa poco frecuentada y de fuerte oleaje. Una tarde llamó a la puerta una mujer extraña, con el pelo enmarañado, las mejillas sonrosadas y sus ropas empapadas. Parecía necesitada. Sobra explicar que nuestro príncipe era una persona muy caritativa que no podía evitar ayudar a cuantas damas se encontraran en apuros, por lo que en seguida le ofreció una cena caliente, su agradable compañía, y puso el castillo a su entera disposición.
Era la única superviviente de un naufragio, una experiencia dura y agotadora que le narró a nuestro príncipe mientras cenaban. Estaba agotada, claro, algo normal después de un naufragio como aquel, así que pidió retirarse nada más acabar de cenar. Vaya, se acabó la sobremesa, pensó el príncipe, ¿ni una copita de vino? ofreció él. Ella declinó con una media sonrisa la invitación. Pues claro que se había dado cuenta de las miradas libidinosas del príncipe durante la cena, pero ella no era de esa clase de chicas, no, definitivamente, era una chica formal y correcta que estaba agotada y que sólo quería dormir.
El príncipe le ofreció la cama de los veinte colchones, y ella se mostró encantada (no lo habría estado tanto de saber que estaba siendo puesta a prueba, y que en esa misma cama habían dormido muchas más mujeres antes que ella).
Esa noche el príncipe apenas pudo dormir, pensando que al otro lado de la pared yacía candorosa esa inquietante mujer. Sufría palpitaciones, no era capaz de conciliar el sueño. Se moría de ganas de entrar en su cuarto y compartir con ella la cama del guisante. Apenas pudo pegar ojo. Amaneció muy pronto, con unas ojeras espantosas, y la esperó ansioso en la cocina con un impresionante desayuno que ocupaba toda la estancia.
Ella tampoco se hizo esperar demasiado, era de esas que se despiertan inevitablemente con los primeros rayos de sol. Las ojeras de ella competían con las de él y casi se podía decir que incluso les ganaban. Se acercó a la mesa bostezando y con cara de no muchos amigos. Tan cansada estaba que tardó unos segundos en darse cuenta del banquete que había sido preparado expresamente para ella.
-¿Qué tal has dormido esta noche? -le preguntó el príncipe. Incluso así, recién levantada y con cara de mala leche, le resultaba especialmente atractiva.
-Pues mira guapo, fatal. No he podido pegar ojo. Tanto colchón, tanto colchón, y, no sé, había algo que me ha estado acribillando la espalda toda la noche. Hasta creo que tengo cardenales. Ya no sabía ni cómo ponerme. Al final he acabado por tirarme al suelo y dormir sobre la alfombra, que si bien no era tan suave ni tan blandita, al menos era plana y acogedora.

El príncipe no daba crédito. Había sobrevivido a un naufragio de gran envergadura, había sufrido grandes penalidades hasta conseguir llegar al castillo, y todo ello sin mostrar el menor signo de debilidad o flaqueza. Pero en cambio era capaz de percibir un pequeño guisante bajo su espalda a veinte colchones de distancia. Era una persona fuerte, no cabía duda, pero también extremadamente sensible. Y sincera, desde luego sincera. Él le había ofrecido hospitalariamente su castillo y en especial una de las mejores suites, y ella se lo agradecía con quejas y malas caras. Un poco impertinente esta doncella. Y caprichosa también. Y bastante autoritaria a decir verdad. Vaya pieza la niña.
Pero el príncipe seguía anonadado. Es ella, es ella, se decía una y otra vez. Es ella, tiene que ser para mí, no puede ser ninguna más.

Y, como en los cuentos de príncipes y princesas ellas no suelen tener mucha voz ni mucho voto, pues supongo que se casaron y comieron perdices. Felices lo que se dice felices no sé si serían, porque con el carácter de la princesita el día a día debía de ser bastante irritante. Digamos que no creo que fuese fácil de aguantar la niña. Pero eso sí, sensible y sincera lo era la que más. Y eso era lo que buscaba el príncipe no? pues ale, que sarna con gusto no pica.

El cuento, como todos los cuentos de príncipes y princesas, no nos cuenta qué pasó después, una lástima. Casi casi como Murakami. En el fondo eso no está mal, pero que nada mal. Así cada uno que se imagine lo que quiera.

Sí, claro que te suena. Porque, en esencia, es uno de los cuentos de Hans Christian Andersen. Si fuiste muy afortunado, quizá tu madre te lo leyera de niño. Si tuviste algo de suerte, quizá lo leyeras por ti mismo después, o alguien te lo contara. Y si no, pues... ya te lo cuento yo.

19 de febrero de 2010

De almohadas y tejos

Al parecer, la elección de la almohada correcta es muy importante. De hecho diría de "vital importancia". No es algo con lo que uno pueda conformarse sin estar muy convencido.
Elegir una mujer también es algo importante, eso es algo obvio. Supongo que de igual modo puede aplicarse a un hombre, pero no estoy segura, no profundizamos tanto en la conversación.
El caso es que, por muy importante que sea la elección de una pareja, lo es mucho más la elección de una almohada adecuada a cada uno. Porque una misma almohada no vale para cualquier persona, del mismo modo que imagino pasa con las mujeres (y supongo que con los hombres).
Pero con la almohada pasamos demasiadas horas como para elegir así al tuntún, de cualquier manera. Si viviésemos 90 años, que ya son años, 30 de ellos los habríamos pasado con la almohada. Uff... me pregunto cuántos habríamos pasado en ese mismo supuesto con la mujer o el hombre que hayamos elegido...

Hay sitios en los que te prestan almohadas. Para que las pruebes y eso. Para que decidas cuál te gusta más, cuál se adapta mejor a ti, a tus necesidades. De hecho puedes llevarte un par de ellas e irlas alternando durante varios días, o usándolas como te plazca, hasta decidir cuál te convence más. Y es que no es lo mismo pasar una noche con una almohada baja, plana y sosa que con una alta, blandita y suave.
Supongo que no sabes cuál es tu almohada hasta por la mañana, hasta que abres los ojos y te desperezas y la ves ahí a tu lado reposando tu cabeza en ella. Porque mientras duermes esas cosas no se saben, pero algo debe de ir penetrando en tu interior a lo largo de la noche juntos, algo sobre lo bien que esa almohada se adapta a ti, algo que cuando te despiertas te hace pensar "mmm... qué a gusto he dormido esta noche... quiero despertarme con esta sensación cada mañana del resto de mi vida".
Sí, supongo que elegir mujer es algo parecido... no? en realidad yo no lo sé, nunca he elegido una. Tampoco el Jefe se pronunció sobre ello, no profundizamos tanto en la conversación. Pero sí me quedó claro que, si hay una decisión importante en esta vida es la elección de la almohada adecuada. Porque una almohada es para toda la vida.
Claro que, si le cuentas esto a la mujer elegida en cuestión, corres el riesgo de tener que dormir con tu adorada almohada en el sofá durante unas cuantas noches. En fin, no es lo deseable, pero tampoco es tan grave. Al fin y al cabo, tienes tu almohada ¿no?

Y luego está todo eso de los tejos. Los tejos que llevan más de mil años nutriéndose de la sangre de los muertos enterrados en viejos cementerios. Bueno, y nuevos supongo que también. Tejos retorcidos y truculentos. Tejos rojos, como el hilo rojo chino que une a las personas de por vida, como la sangre de la que se alimentan, rojos como el sillón de mi antigua habitación, o los sillones de mi salón de ahora o como cualquier otro sillón rojo que haya en el mundo. Rojo como los zapatos de Dorothy que la transportaban a un mundo mágico de baldosas amarillas. Rojo como algunas deliciosas frutas de verano, y no estoy hablando de la sandía. En fin, ya sabes, rojo, tejos rojos.

Y aún hay más. Los tejos son árboles venenosos. Vale, ya sé que aparte de árboles los tejos pueden ser más cosas. Puede ser lo que te tira alguien para hacerte saber que le interesas íntimamente hablando. Pero ahora estamos hablando de los árboles. Los venenosos, sí.
Pues resulta que el fruto que dan no es venenoso. Por cierto, el fruto, las bayas, también son rojas. Pero no acaba ahí la cosa. Al parecer hay una pequeña parte de las bayas que es negra y que también es venenosa. Vamos, un gran lío.
El caso es que por culpa de esa pequeña parte negra de las bayas, los ganaderos se cargaban los tejos, porque el ganado era al menos tan tonto como Nakata y no sabía separar la parte venenosa de la comestible, con lo que acababan palmándola de una (in)digestión venenosa.
Es increíblemente absurdo que un hombre que con suerte vivirá 80 ó 90 años tenga la osadía de destruir un tejo que podría vivir tranquilamente diez veces más que él.

Todo esto me recuerda a otro árbol. Un olmo, si no me equivoco. Un olmo que habitaba en la misma ciudad que yo hace un año, o dos. Un olmo que no debía de ser venenoso, o que no debía de ser apetecible para el ganado, porque nadie se molestó en destruirlo. Hasta que llegaron los bichitos esos, claro. Los bichitos se cuelan en todas partes, no hay quien los controle. No se puede poner barreras a los bichitos. Los bichitos lo infectaron, y el olmo murió. Y salió en todos los periódicos locales, e incluso en el boletín oficial de su comunidad, de la nuestra por entonces. Y todo el mundo estaba triste, porque el olmo se había muerto.

El olmo "sólo" tenía 200 años, los tejos, más de mil (yo añado "en teoría", aunque el Jefe asegura que es algo contrastado y probado). Y me pregunto yo... ¿quién se ha puesto triste por cada tejo asesinado? Pues ya os lo digo yo. Nadie. Pero bueno, es normal. Completamente normal. El joven olmo había elegido una ubicación inmejorable, en pleno centro de la ciudad. Y los milenarios tejos, pues, en fin, digamos que no son de fácil acceso. Tan sólo unos pocos intrépidos osan alcanzar esas tierras y descansar o tirarse fotos sobre sus raíces.
Menos mal que a la vuelta a casa les espera una cena calentita para reponerse del frío calado en los huesos y una alta, blandita y suave almohada con la que descansar. ¡Qué afortunados!