23 de febrero de 2010

Por lo del guisante...

Y va y me dice la Jefa que ella sabe, a ciencia cierta, que nunca podría ser princesa. Pues vale, en fin, seguramente yo tampoco. No conozco muchos príncipes, la verdad, y lo cierto es que tampoco estoy muy interesada en la realeza. Y por mis venas tengo muy claro que corre sangre de un intenso y vívido color rojo, rojo como la cuerda china que nos une irremediablemente y para siempre a algunas personas. Pero no es eso. No es por todo eso. Es... es por... ya sabes... por... por lo del guisante.

Érase una vez un príncipe, uno de esos de los de los cuentos de príncipes, guapo, apuesto y caballeroso. Y este príncipe estaba harto de no querer a nadie, necesitaba tener a alguien a quien querer. Pero, claro, era un príncipe, y todas las mujeres del reino le querían por interés, o ese temor tenía él. Así que ideó un plan para descubrir cuál de todas esas mujeres era la candidata perfecta para ser reina, cuál era lo suficientemente sensible, cuál era lo sificientemente sincera, dos cualidades a su entender básicas en una mujer y en especial en una princesa.

Preparó una cómoda cama con más de veinte colchones, unos sobre otro, y mullidas colchas entre ellos. Y debajo de todo ello, colocó un guisante.
Fue invitando, cada noche, a una de esas candidatas a princesa a dormir en esa cama.
Éste no era un príncipe moderno, sino más bien, diría, un pelín conservador. Un verdadeero príncipe, vamos. No había decidido elegir a su princesa por una noche de sexo loco y desenfrenado (que lo mismo habría sido mejor oye...). Las posibles princesas dormían solas en esa cama preparada especialmente para ellas, y él descansaba en la habitación contigua.
Y, cada mañana, le preguntaba a la afortunada qué tal había dormido esa noche. Y una tras otra, todas respondían que genial, muy bien, gracias. Una respuesta simple pero que le hacía saber al príncipe que no eran la adecuada, o bien no eran lo suficientemente sensibles como para percibir el guisante, o no eran lo suficientemente sinceras como para decírselo. Y él no quería a alguien así a su lado, compartiendo el resto de su vida. No quería a alguien cualquiera.

Era un príncipe exigente, sin ninguna duda, como han de ser los príncipes. Un príncipe de verdad ha de ser un gran conocedor de todas sus virtudes y talentos, y debe ansiar para sí una persona cuando menos igual de virtuosa. Una verdadera princesa, alguien que pueda fascinarle un poquito más cada día, alguien en quien confiar absolutamente, alguien con tanta sensibilidad que consiga hacerle estremecer con un leve roce. Alguien con quien una vida corriente se convierta en una vida "real".
Y sobre todo, tenía muy claro qué cualidades buscaba en su princesa ideal, cosa terriblemente importante para reconocerla si la encontraba. Era frecuente en otros príncipes fijarse únicamente en la belleza exterior, o en lo divertidas o alegres que fueran las doncellas. Pero éste no, este príncipe era especial. Tenía las cosas muy claras, y sabía exactamente qué quería, qué valoraba en una mujer. Quería encontrar a alguien sensible y sincero.
Pues nada.
Continuaba la búsqueda.
Todas las mujeres del reino iban pasando por su cama noche tras noche emocionadas ante la posibilidad de ser elegidas (uy, perdón, por su cama no, que habíamos quedado en que no era de ese tipo de príncipes...) pero ninguna se percataba del guisante, o ninguna confiaba en él como para decírselo. Y tras un ligero aunque correcto desayuno, un té, un café o poco más, las despedía cordialmente y a otra cosa, digooo, a otra doncella.

El castillo de este príncipe estaba al lado del mar, de una bonita playa poco frecuentada y de fuerte oleaje. Una tarde llamó a la puerta una mujer extraña, con el pelo enmarañado, las mejillas sonrosadas y sus ropas empapadas. Parecía necesitada. Sobra explicar que nuestro príncipe era una persona muy caritativa que no podía evitar ayudar a cuantas damas se encontraran en apuros, por lo que en seguida le ofreció una cena caliente, su agradable compañía, y puso el castillo a su entera disposición.
Era la única superviviente de un naufragio, una experiencia dura y agotadora que le narró a nuestro príncipe mientras cenaban. Estaba agotada, claro, algo normal después de un naufragio como aquel, así que pidió retirarse nada más acabar de cenar. Vaya, se acabó la sobremesa, pensó el príncipe, ¿ni una copita de vino? ofreció él. Ella declinó con una media sonrisa la invitación. Pues claro que se había dado cuenta de las miradas libidinosas del príncipe durante la cena, pero ella no era de esa clase de chicas, no, definitivamente, era una chica formal y correcta que estaba agotada y que sólo quería dormir.
El príncipe le ofreció la cama de los veinte colchones, y ella se mostró encantada (no lo habría estado tanto de saber que estaba siendo puesta a prueba, y que en esa misma cama habían dormido muchas más mujeres antes que ella).
Esa noche el príncipe apenas pudo dormir, pensando que al otro lado de la pared yacía candorosa esa inquietante mujer. Sufría palpitaciones, no era capaz de conciliar el sueño. Se moría de ganas de entrar en su cuarto y compartir con ella la cama del guisante. Apenas pudo pegar ojo. Amaneció muy pronto, con unas ojeras espantosas, y la esperó ansioso en la cocina con un impresionante desayuno que ocupaba toda la estancia.
Ella tampoco se hizo esperar demasiado, era de esas que se despiertan inevitablemente con los primeros rayos de sol. Las ojeras de ella competían con las de él y casi se podía decir que incluso les ganaban. Se acercó a la mesa bostezando y con cara de no muchos amigos. Tan cansada estaba que tardó unos segundos en darse cuenta del banquete que había sido preparado expresamente para ella.
-¿Qué tal has dormido esta noche? -le preguntó el príncipe. Incluso así, recién levantada y con cara de mala leche, le resultaba especialmente atractiva.
-Pues mira guapo, fatal. No he podido pegar ojo. Tanto colchón, tanto colchón, y, no sé, había algo que me ha estado acribillando la espalda toda la noche. Hasta creo que tengo cardenales. Ya no sabía ni cómo ponerme. Al final he acabado por tirarme al suelo y dormir sobre la alfombra, que si bien no era tan suave ni tan blandita, al menos era plana y acogedora.

El príncipe no daba crédito. Había sobrevivido a un naufragio de gran envergadura, había sufrido grandes penalidades hasta conseguir llegar al castillo, y todo ello sin mostrar el menor signo de debilidad o flaqueza. Pero en cambio era capaz de percibir un pequeño guisante bajo su espalda a veinte colchones de distancia. Era una persona fuerte, no cabía duda, pero también extremadamente sensible. Y sincera, desde luego sincera. Él le había ofrecido hospitalariamente su castillo y en especial una de las mejores suites, y ella se lo agradecía con quejas y malas caras. Un poco impertinente esta doncella. Y caprichosa también. Y bastante autoritaria a decir verdad. Vaya pieza la niña.
Pero el príncipe seguía anonadado. Es ella, es ella, se decía una y otra vez. Es ella, tiene que ser para mí, no puede ser ninguna más.

Y, como en los cuentos de príncipes y princesas ellas no suelen tener mucha voz ni mucho voto, pues supongo que se casaron y comieron perdices. Felices lo que se dice felices no sé si serían, porque con el carácter de la princesita el día a día debía de ser bastante irritante. Digamos que no creo que fuese fácil de aguantar la niña. Pero eso sí, sensible y sincera lo era la que más. Y eso era lo que buscaba el príncipe no? pues ale, que sarna con gusto no pica.

El cuento, como todos los cuentos de príncipes y princesas, no nos cuenta qué pasó después, una lástima. Casi casi como Murakami. En el fondo eso no está mal, pero que nada mal. Así cada uno que se imagine lo que quiera.

Sí, claro que te suena. Porque, en esencia, es uno de los cuentos de Hans Christian Andersen. Si fuiste muy afortunado, quizá tu madre te lo leyera de niño. Si tuviste algo de suerte, quizá lo leyeras por ti mismo después, o alguien te lo contara. Y si no, pues... ya te lo cuento yo.

19 de febrero de 2010

De almohadas y tejos

Al parecer, la elección de la almohada correcta es muy importante. De hecho diría de "vital importancia". No es algo con lo que uno pueda conformarse sin estar muy convencido.
Elegir una mujer también es algo importante, eso es algo obvio. Supongo que de igual modo puede aplicarse a un hombre, pero no estoy segura, no profundizamos tanto en la conversación.
El caso es que, por muy importante que sea la elección de una pareja, lo es mucho más la elección de una almohada adecuada a cada uno. Porque una misma almohada no vale para cualquier persona, del mismo modo que imagino pasa con las mujeres (y supongo que con los hombres).
Pero con la almohada pasamos demasiadas horas como para elegir así al tuntún, de cualquier manera. Si viviésemos 90 años, que ya son años, 30 de ellos los habríamos pasado con la almohada. Uff... me pregunto cuántos habríamos pasado en ese mismo supuesto con la mujer o el hombre que hayamos elegido...

Hay sitios en los que te prestan almohadas. Para que las pruebes y eso. Para que decidas cuál te gusta más, cuál se adapta mejor a ti, a tus necesidades. De hecho puedes llevarte un par de ellas e irlas alternando durante varios días, o usándolas como te plazca, hasta decidir cuál te convence más. Y es que no es lo mismo pasar una noche con una almohada baja, plana y sosa que con una alta, blandita y suave.
Supongo que no sabes cuál es tu almohada hasta por la mañana, hasta que abres los ojos y te desperezas y la ves ahí a tu lado reposando tu cabeza en ella. Porque mientras duermes esas cosas no se saben, pero algo debe de ir penetrando en tu interior a lo largo de la noche juntos, algo sobre lo bien que esa almohada se adapta a ti, algo que cuando te despiertas te hace pensar "mmm... qué a gusto he dormido esta noche... quiero despertarme con esta sensación cada mañana del resto de mi vida".
Sí, supongo que elegir mujer es algo parecido... no? en realidad yo no lo sé, nunca he elegido una. Tampoco el Jefe se pronunció sobre ello, no profundizamos tanto en la conversación. Pero sí me quedó claro que, si hay una decisión importante en esta vida es la elección de la almohada adecuada. Porque una almohada es para toda la vida.
Claro que, si le cuentas esto a la mujer elegida en cuestión, corres el riesgo de tener que dormir con tu adorada almohada en el sofá durante unas cuantas noches. En fin, no es lo deseable, pero tampoco es tan grave. Al fin y al cabo, tienes tu almohada ¿no?

Y luego está todo eso de los tejos. Los tejos que llevan más de mil años nutriéndose de la sangre de los muertos enterrados en viejos cementerios. Bueno, y nuevos supongo que también. Tejos retorcidos y truculentos. Tejos rojos, como el hilo rojo chino que une a las personas de por vida, como la sangre de la que se alimentan, rojos como el sillón de mi antigua habitación, o los sillones de mi salón de ahora o como cualquier otro sillón rojo que haya en el mundo. Rojo como los zapatos de Dorothy que la transportaban a un mundo mágico de baldosas amarillas. Rojo como algunas deliciosas frutas de verano, y no estoy hablando de la sandía. En fin, ya sabes, rojo, tejos rojos.

Y aún hay más. Los tejos son árboles venenosos. Vale, ya sé que aparte de árboles los tejos pueden ser más cosas. Puede ser lo que te tira alguien para hacerte saber que le interesas íntimamente hablando. Pero ahora estamos hablando de los árboles. Los venenosos, sí.
Pues resulta que el fruto que dan no es venenoso. Por cierto, el fruto, las bayas, también son rojas. Pero no acaba ahí la cosa. Al parecer hay una pequeña parte de las bayas que es negra y que también es venenosa. Vamos, un gran lío.
El caso es que por culpa de esa pequeña parte negra de las bayas, los ganaderos se cargaban los tejos, porque el ganado era al menos tan tonto como Nakata y no sabía separar la parte venenosa de la comestible, con lo que acababan palmándola de una (in)digestión venenosa.
Es increíblemente absurdo que un hombre que con suerte vivirá 80 ó 90 años tenga la osadía de destruir un tejo que podría vivir tranquilamente diez veces más que él.

Todo esto me recuerda a otro árbol. Un olmo, si no me equivoco. Un olmo que habitaba en la misma ciudad que yo hace un año, o dos. Un olmo que no debía de ser venenoso, o que no debía de ser apetecible para el ganado, porque nadie se molestó en destruirlo. Hasta que llegaron los bichitos esos, claro. Los bichitos se cuelan en todas partes, no hay quien los controle. No se puede poner barreras a los bichitos. Los bichitos lo infectaron, y el olmo murió. Y salió en todos los periódicos locales, e incluso en el boletín oficial de su comunidad, de la nuestra por entonces. Y todo el mundo estaba triste, porque el olmo se había muerto.

El olmo "sólo" tenía 200 años, los tejos, más de mil (yo añado "en teoría", aunque el Jefe asegura que es algo contrastado y probado). Y me pregunto yo... ¿quién se ha puesto triste por cada tejo asesinado? Pues ya os lo digo yo. Nadie. Pero bueno, es normal. Completamente normal. El joven olmo había elegido una ubicación inmejorable, en pleno centro de la ciudad. Y los milenarios tejos, pues, en fin, digamos que no son de fácil acceso. Tan sólo unos pocos intrépidos osan alcanzar esas tierras y descansar o tirarse fotos sobre sus raíces.
Menos mal que a la vuelta a casa les espera una cena calentita para reponerse del frío calado en los huesos y una alta, blandita y suave almohada con la que descansar. ¡Qué afortunados!