19 de febrero de 2010

De almohadas y tejos

Al parecer, la elección de la almohada correcta es muy importante. De hecho diría de "vital importancia". No es algo con lo que uno pueda conformarse sin estar muy convencido.
Elegir una mujer también es algo importante, eso es algo obvio. Supongo que de igual modo puede aplicarse a un hombre, pero no estoy segura, no profundizamos tanto en la conversación.
El caso es que, por muy importante que sea la elección de una pareja, lo es mucho más la elección de una almohada adecuada a cada uno. Porque una misma almohada no vale para cualquier persona, del mismo modo que imagino pasa con las mujeres (y supongo que con los hombres).
Pero con la almohada pasamos demasiadas horas como para elegir así al tuntún, de cualquier manera. Si viviésemos 90 años, que ya son años, 30 de ellos los habríamos pasado con la almohada. Uff... me pregunto cuántos habríamos pasado en ese mismo supuesto con la mujer o el hombre que hayamos elegido...

Hay sitios en los que te prestan almohadas. Para que las pruebes y eso. Para que decidas cuál te gusta más, cuál se adapta mejor a ti, a tus necesidades. De hecho puedes llevarte un par de ellas e irlas alternando durante varios días, o usándolas como te plazca, hasta decidir cuál te convence más. Y es que no es lo mismo pasar una noche con una almohada baja, plana y sosa que con una alta, blandita y suave.
Supongo que no sabes cuál es tu almohada hasta por la mañana, hasta que abres los ojos y te desperezas y la ves ahí a tu lado reposando tu cabeza en ella. Porque mientras duermes esas cosas no se saben, pero algo debe de ir penetrando en tu interior a lo largo de la noche juntos, algo sobre lo bien que esa almohada se adapta a ti, algo que cuando te despiertas te hace pensar "mmm... qué a gusto he dormido esta noche... quiero despertarme con esta sensación cada mañana del resto de mi vida".
Sí, supongo que elegir mujer es algo parecido... no? en realidad yo no lo sé, nunca he elegido una. Tampoco el Jefe se pronunció sobre ello, no profundizamos tanto en la conversación. Pero sí me quedó claro que, si hay una decisión importante en esta vida es la elección de la almohada adecuada. Porque una almohada es para toda la vida.
Claro que, si le cuentas esto a la mujer elegida en cuestión, corres el riesgo de tener que dormir con tu adorada almohada en el sofá durante unas cuantas noches. En fin, no es lo deseable, pero tampoco es tan grave. Al fin y al cabo, tienes tu almohada ¿no?

Y luego está todo eso de los tejos. Los tejos que llevan más de mil años nutriéndose de la sangre de los muertos enterrados en viejos cementerios. Bueno, y nuevos supongo que también. Tejos retorcidos y truculentos. Tejos rojos, como el hilo rojo chino que une a las personas de por vida, como la sangre de la que se alimentan, rojos como el sillón de mi antigua habitación, o los sillones de mi salón de ahora o como cualquier otro sillón rojo que haya en el mundo. Rojo como los zapatos de Dorothy que la transportaban a un mundo mágico de baldosas amarillas. Rojo como algunas deliciosas frutas de verano, y no estoy hablando de la sandía. En fin, ya sabes, rojo, tejos rojos.

Y aún hay más. Los tejos son árboles venenosos. Vale, ya sé que aparte de árboles los tejos pueden ser más cosas. Puede ser lo que te tira alguien para hacerte saber que le interesas íntimamente hablando. Pero ahora estamos hablando de los árboles. Los venenosos, sí.
Pues resulta que el fruto que dan no es venenoso. Por cierto, el fruto, las bayas, también son rojas. Pero no acaba ahí la cosa. Al parecer hay una pequeña parte de las bayas que es negra y que también es venenosa. Vamos, un gran lío.
El caso es que por culpa de esa pequeña parte negra de las bayas, los ganaderos se cargaban los tejos, porque el ganado era al menos tan tonto como Nakata y no sabía separar la parte venenosa de la comestible, con lo que acababan palmándola de una (in)digestión venenosa.
Es increíblemente absurdo que un hombre que con suerte vivirá 80 ó 90 años tenga la osadía de destruir un tejo que podría vivir tranquilamente diez veces más que él.

Todo esto me recuerda a otro árbol. Un olmo, si no me equivoco. Un olmo que habitaba en la misma ciudad que yo hace un año, o dos. Un olmo que no debía de ser venenoso, o que no debía de ser apetecible para el ganado, porque nadie se molestó en destruirlo. Hasta que llegaron los bichitos esos, claro. Los bichitos se cuelan en todas partes, no hay quien los controle. No se puede poner barreras a los bichitos. Los bichitos lo infectaron, y el olmo murió. Y salió en todos los periódicos locales, e incluso en el boletín oficial de su comunidad, de la nuestra por entonces. Y todo el mundo estaba triste, porque el olmo se había muerto.

El olmo "sólo" tenía 200 años, los tejos, más de mil (yo añado "en teoría", aunque el Jefe asegura que es algo contrastado y probado). Y me pregunto yo... ¿quién se ha puesto triste por cada tejo asesinado? Pues ya os lo digo yo. Nadie. Pero bueno, es normal. Completamente normal. El joven olmo había elegido una ubicación inmejorable, en pleno centro de la ciudad. Y los milenarios tejos, pues, en fin, digamos que no son de fácil acceso. Tan sólo unos pocos intrépidos osan alcanzar esas tierras y descansar o tirarse fotos sobre sus raíces.
Menos mal que a la vuelta a casa les espera una cena calentita para reponerse del frío calado en los huesos y una alta, blandita y suave almohada con la que descansar. ¡Qué afortunados!

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