24 de junio de 2010

Mmmm...

Imagínate que nunca en tu vida hubieras comido una magdalena. Ni un sobao pasiego. Ni siquiera un trozo de bizcocho. Imagínate que no supieras a qué sabe, ni qué sensaciones produce en tu boca algo tan esponjoso como un delicioso y exquisito bizcocho casero.

Hoy he hecho el bizcocho más rico de todos. Mmmm...
Lo reconozco, era una receta especial, nunca antes experimentada. Y, no es porque lo diga yo, pero ha quedado perfecto, con sus almendritas y todo. Y para rematar lo he rellenado con una salsa especial (especial y secreta) de chocolate. Había que esmerarse, no todos los días una tiene la potestad de conseguir que a alguien le gusten o no le gusten los bizcochos, así, en general.

Creo que yo estaba más nerviosa que él. Y más emocionada. Muchísimo más emocionada. Uff, emocionadíssima.
Primero, cuando (por fin) se levantó, le di a probar una pequeñisima muestra de la masa cruda, que, si bien cató con bastante reparo, finalmente dijo que no sabía qué era pero que no estaba mal.
Luego, al terminar de rellenarlo, le di a probar un poco del relleno de chocolate especial directamente de la jeringa. Creo que le sorprendió la jeringa en sí, pero el chocolate le gustó mucho.
Cuando por fin estuvo listo para ser comido nos sentamos a la mesa, contemplándolo. Yo, más bien, contemplándole a él. Parecía que su intención previa se inclinaba hacia que le gustara, que estaba predispuesto positivamente. Sus ojos decían que sí, que quería probarlo, que realmente quería probarlo, y que no iba a hacerlo con reparo o con asco. No se hizo de rogar cuando le tendí el cuchillo ni se cortó un pedazo ridículo por si no le gustaba. Lo hizo con decisión, como si llevara toda la vida comiendo mis bizcochos.

Y le gustó, vaya si le gustó. Qué ilusión. La mía digo. Tanto, tanto... que después de hacerme lógicamente de rogar un buen rato, acabé confesándole el secreto del chocolate. Qué le voy a hacer, soy demasiado débil cuando se trata del Niño!