25 de agosto de 2010

La soledad era esto

"–¿Tú crees que somos vulgares?
–Tú nunca has sido vulgar.
–Te pregunto por nosotros, no por mí.
–No hemos sido vulgares gracias a ti.
–¿Tú eres vulgar entonces?
–Yo quiero ser vulgar desde hace mucho tiempo –respondió Enrique con un tono que estaba entre la amargura y el resentimiento.
–¿Por qué? –insistió Elena.
–Porque deseo ser feliz."

"Cada uno de nosotros elige su propio infierno, aquel en el que se encuentra más cómodo. (...) Lo que te ocurre a ti es que todavía ignoras en qué infierno quieres vivir. Averígualo, date el tiempo que necesites y cuando lo sepas dímelo. Creo que podré pagártelo por caro que resulte. Entretanto, procuremos tener un poco de calma, por favor."

"Esto debe de ser la soledad, de la que tanto hemos hablado y leído sin llegar a intuir siquiera cuáles eran sus dimensiones morales. Bueno, pues la soledad era esto: encontrarte de súbito en el mundo como si acabaras de llegar de otro planeta del que no sabes por qué has sido expulsada. (...) La soledad es una amputación no visible, pero tan eficaz como si te arrancaran la vista y el oído y así, aislada de todas las sensaciones exteriores, de todos los puntos de referencia, y sólo con el tacto y la memoria, tuvieras que reconstruir el mundo, el mundo que has de habitar y que te habita. ¿Qué había en esto de literario, qué había de divertido? ¿Por qué nos gustaba tanto?"

Breve, de fácil lectura, sin un gran argumento.. ni falta que le hace. Tiene un premio, pero eso es lo de menos. Desde las primeras páginas te envuelve su atmósfera lánguida y tristona, y dejar de leer significa salir de ella, así que no, no quieres dejar de leer. Porque a pesar de ser tan triste, te hace sentir intensamente, la soledad, el abatimiento, la incomprensión, las ausencias, la necesidad de identificarse con alguien, de ser y sentir igual que alguien para dejar de estar tan absolutamente solo en el mundo, aunque ese alguien se encuentre en las antípodas, en la otra punta del mundo, pero estará sintiendo, disfrutando o sufriendo exactamente lo mismo que tú y en el mismo momento. Si haces un esfuerzo por pasar un rato agradable tu antípoda te lo agradecerá porque ella también lo sentirá. Si lloras también lo hará ella, aunque no sepa muy bien por qué. Sí, eso nos cuenta Millás, que todos tenemos una antípoda, y digo yo que tal vez deberíamos pensar en ella y en su bienestar más a menudo. Así que ya sabes, sonríe un poquito para tu antípoda, piensa en cosas agradables y procura ser feliz, hazlo por ella, por tu antípoda.

Me ha recordado en el estilo a En ausencia de Blanca, de Antonio Muñoz Molina, y quizá a La tregua, de Mario Benedetti, así que si te gustó alguno de ésos creo que deberías apuntarte éste también.

No sé si es por mí (porque soy rara) o por Juan José Millás (porque escribe bien), pero me ha resultado increíblemente fácil, casi diría inevitable, comprender a un personaje tan extraño como Elena. A lo mejor es que, al final y en el fondo, los raros no lo somos tanto, y quizá resulta que el mundo está lleno de gente rara que va por ahí aparentando no serlo. ¿Aparentaré yo ser rara? En fin... eso mejor lo dejamos para otro post!

La soledad era esto, de Juan José Millás

23 de agosto de 2010

Historia de un matrimonio

Con ese título, y con esa sinopsis, una espera leer una historia más. Una vida tranquila y sosegada que cambia drásticamente con la aparición de otro hombre. Qué manido, qué trillado, qué...

No, no. Qué va. En absoluto.Es una historia diferente, mucho más compleja, que te va llevando de sorpresa en sorpresa, dejándote con la boca abierta en varias ocasiones y obligándote a parar y recapitular con cada nuevo descubrimiento.

Sí, quizá destila un aire de tristeza, de abandono, de desamparo. Te hace sentirlo como algo normal, algo como una lástima, sí, pero ¿qué se puede esperar de esta vida?

"Todos creemos conocer a quienes amamos y, aunque no debería sorprendernos descubrir que no es así, ese descubrimiento siempre nos rompe el corazón. Es la revelación más triste, por cuanto atañe no tanto al otro como a nosotros mismos. Ver nuestra vida como una fábula que hemos escrito y nos hemos creído. La sensación que se apoderó de mí aquella noche –de que no conocía a mi Holland, ni a mí misma, que quizá era imposible conocer a una sola alma de este mundo– fue de una espantosa soledad."

"Experimentaba la misma sensación que una enfermera que, al hacer la ronda, descubre que sus pacientes han huido durante la noche. ¿Qué vida salvará ahora? ¿La suya?"

"¿Por qué lloraba aquella mañana? (...) Por aquella ilusión ridícula de que, aun después de que sonara la última señal, al final, hubieras luchado por mí. Lloraba al comprender, de una vez para siempre, que no había sido así."

Es, a pesar de ese aire de desconsuelo, una historia bonita. Y habría pensado que no era nada más que eso, una historia entretenida y agradable de leer, de no ser por el final. Como casi siempre en la vida, el final lo cambia todo. El final nos demuestra si nos equivocamos o no, si elegimos el camino correcto o el equivocado, si hicimos bien o mal en actuar o en dejarnos llevar o en lo que quiera que hayamos hecho. La conclusión, el resultado.

Odio, ODIO con todas mis fuerzas los finales felices. Es algo superior a mí, no puedo controlarlo. Quizá sea por una estúpida sensación de que se malgastan, y luego ya no nos quedan para la vida real. O, simplemente, por evitar que la realidad salga malparada en esas horribles comparaciones, a veces inevitables. De hecho disfruto con los finales trágicos que te hacen llorar, sobresaltarte o que te encogen el corazón.
Pero en este caso no se trata de si la historia tiene un final feliz o no. El final es lo que le da sentido al libro, el final explica todo lo demás, el final... es la última sorpresa. Pero no cuando lo lees, sino cuando piensas en ello una vez cerrado el libro. La moraleja, la explicación.
Y, al fin, lo entiendes.

"Dicen que hay tantos mundos como decisiones tomamos."

"Atrapa el éxtasis si se pone a tu alcance; atrapa el amor si lo encuentras."

Historia de un matrimonio- Andrew Sean Greer

8 de agosto de 2010

Un poema para Missing

Nunca nadie me había escrito un poema.
Hasta hoy.

Inspirar en alguien, cuya vida es ahora mismo una voraz vorágine que arrasa con cada minuto y cada aliento, un poema de cincuenta versos es… cuando menos, profundamente conmovedor.

A lo mejor para otras musas no significa nada, pero para una servidora, como digo nada acostumbrada a ser el objeto de tales atenciones, despertar sentimientos tan intensos es de una emotividad turbadora.

Me ha emocionado. Profundísimamente.
Me ha dejado noqueada, en estado de casi shock.
Supongo que es su cruel venganza por la carta de recomendación de hace casi un año. Casi un año, cómo pasa el tiempo…

A veces creemos que las palabras no nos sirven, que se quedan muy pequeñitas para expresar lo que sentimos, que tendrían que existir otras, más grandes o más profundas, que alcanzaran a transmitir la inmensidad e intensidad de nuestros sentimientos.
Algo así me pasa a mí ahora al tratar de mostrar mi agradecimiento. Pero no vale, no es justo. Porque él sí ha sido capaz de encontrar esas palabras, de utilizarlas a su antojo para hacerme sentir sus emociones.
Y vaya si me han llegado, un golpe certero, ¡trac! justo en el centro del pecho, donde… donde aprietan siempre los grandes afectos.
Hay algo grande cuando los te quieros te saben a poco..