22 de junio de 2012

Cambios

La mesa del ordenador para allá, esta cama mejor aquí, y la otra la movemos para allá también, así nos queda aquí mucho espacio para las cómodas. La planta esa es que es tan grande... bueno déjala, de momento nos entra, luego ya veremos. ¿Y si ponemos la mesita aquí? ah pues sí, perfecta. Volvamos al salón, el puang mejor que se quede, pero cambiamos la lámpara de lado vale? Sí, pero la que se tiene que ir es la elíptica, ya veremos a dónde, nos entra en las otras dos habitaciones así que no es problema. ¿Y si medimos otra vez el baño? ¡Pero si lo hemos medido tres veces y nos entran todas las bañeras del mercado! Lo que tendremos es que cambiar de posición la mesa de la cocina. Pero bueno, para eso aún queda mucho, y entran de sobra dos tronas. Lo que a este paso no va a entrar es toda la ropa, sacos y demás en los armarios! Qué va, si no hemos comprado tanto... Sí pero... tú danos tiempo!! xD.

14 de junio de 2012

¿Desgracias? No, gracias

Es una "suerte" (perdón por la palabra) que la economía esté como está y que en los telediarios no se hable de otra cosa (vale, la suerte sólo es lo segundo, lo primero no tanto) porque, al parecer, a mis hormonas no les afecta el tema de la economía (uff, menos mal, si no tendría que mudarme de planeta).
En cambio no soportan, y por extensión consiguen que yo tampoco, otro tipo de desgracias. ¿Que una madre abandona a su recién nacido en la puerta de un convento con una nota que dice que es lo más duro que ha hecho en su vida? A mí se me pone un nudo en la garganta que no me deja acabar de desayunar. ¿Que testifican los niños del caso karate? Yo tardo cero coma en cambiar de canal y hablar de cualquier cosa alegre happyhippy. Uy, este libro tiene buena pinta, a ver qué dice la contraportada... ¿que un hombre se muda a una isla casi desierta para superar la muerte de su mujer? Lo dejo horrorizada en la estantería tan deprisa como si me diera calambre. Pero si es que ¡hasta he tenido que sacar la canción de Penélope de mi repertorio de reproducción aleatorio porque el final es tan triste que me daban ganas de llorar!

Creo que el problema básicamente radica en la yuxtaposición de contrastes demasiado extremos, y me explico. Mi estado basal actual, recordemos que doblemente hiperhormonado, supone una sensación de felicidad del tipo "casa de la pradera" que se extiende a lo largo de, digamos, el 90% de mi tiempo. Atención, he dicho del tipo "casa de la pradera", ojo que eso no es cualquier cosa. Vamos, un subidón que ya quisieran para sí los que experimentan con otras drogas menos naturales! Sí, una gozada, lo sé!

Pero ¿qué pasa cuando te acostumbras, ya no a lo bueno, sino a lo increíblemente bueno? ¿qué sucede ese otro 10% de mi tiempo? Pues que, claro, las comparaciones son odiosas pero inevitables, y cuando te ponen delante cosas que para otras personas en la distancia no pasan de ser "malas", a ti te parecen la cosa más terrible del mundo.

El hombre de la canción sobrevive a la guerra, y no se enamora de otra sino que vuelve a por su amada un montón de años después, y ella que tampoco se ha ido con otro y lleva toda la vida esperando tiene la inmensa suerte de que él regresa y... ¿Cómo puede ser que una canción con tanta desgracia junta pero en la que se confabulan tan bien los astros no tenga al menos un final digno? Si sólo había que cambiar un par de frasecitas al final, que ya bastante penosa era la situación como para echarle más leña al fuego, no?
Lo peor de todo es que lo que más me ha gustado siempre de esa canción es el final, a pesar de lo triste. Claro que ahora son las hormonas y no yo las que deciden qué me gusta y qué no soporto, y parece que estas hormonas no tienen mucho que ver con la "yo" que era yo antes...

Lo que sí tengo que agradecerles desde ya a mis hormonas es que ni se inmuten con la prima de riesgo, ni con la tía del ibex, ni con la madre banca, ni siquiera con los sobrinitos esos que le dan patadas a un balón... Gracias, hormonas!


22 de mayo de 2012

En construcción

He cambiado temporalmente de trabajo. He dejado la planta, a mis pacientes y a mis compañeras, por algo mucho más creativo y estimulante.
Es un trabajo de esos de 24 horas al día, siete días a la semana. Ya lo sé, sí, así a simple vista puede parecer explotación, pero de verdad que no me quejo, es que me gusta taanto, pero taaaanto, que si el día tuviera más horas las dedicaría también a trabajar.
Quién lo iba a pensar, una enfermera convencida como yo dejando a un lado la enfermería por... por...
Por hacerme constructora. Sí, sí, constructora, ya está, ya lo he dicho.
Os cuento un poco el proyecto que tengo entre manos, sí?

Cuarenta dedos. Cuatro manos, cuatro pies. Decenas y decenas de vértebras. Dos cerebros con miles de neuronas. Cuatro ojos con sus correspondientes cejas y pestañas. Trescientos latidos por minuto a repartir entre dos diminutos pero potentes corazones. Un par de lenguas con montones de papilas gustativas que, por supuesto, prefieren el dulce al amargo (digamos que tienen a quien salir...). Cuatro riñones trabajando ya a pleno rendimiento. Cuarenta uñas, infinidad de minúsculos pelos. Muuuuchos huesos, cartílagos, músculos, venas y arterias, cada uno específicamente diseñado para una función, y todos ellos en el lugar correcto trabajando sin descanso. La energía necesaria para saltar, brincar, nadar y empujarse veinticuatro horas al día, y por supuesto para saludar con la mano a cámara cuando se les apunta con el ultrasonido.

Todo eso, todo, sale de mi cuerpo. Un trabajo a jornada completa como veis.
He tenido que hacerme con litro y medio más de sangre para poder cubrir con holgura toda la zona de trabajo, y la partida presupuestaria dedicada a la provisión y almacenamiento alimentario ha tenido que verse ligeramente incrementada, pero, por lo demás, tengo el proyecto bajo control. Todo marcha según lo previsto ¡y avanzando a pasos agigantados!

Supongo que antes o después volveré a la enfermería, pero por ahora esto de la construcción es el mejor trabajo con diferencia que he tenido nunca. ¡Y se me da francamente bien!
:)

14 de mayo de 2012

Felicidad

Ventanas abiertas de par en par. Hace sol, calorcito, los pajaritos cantan, las nubes se levantan... Los niños del vecino han vuelto a salir al jardín y se divierten mojándose con pistolas de agua, en tu portátil suena esa carpeta de música que te encanta, y mientras un par de moscas se cuelan en tu salón trayendo la primavera con ellas.

Lees cuatro libros a la vez, y todos ellos se amontonan en la mesa, aunque tú sigues esperando a que te llegue tu última adquisición para hincarle el diente también.

La baraja de cartas comparte espacio con una bolsa de nueces y el envase vacío de un yogur. El teléfono fijo, el móvil, y una barrita de masaje con olor a mandarina y chocolate blanco acaban de llenar la mesa del salón.

¿Necesitas algo más? vale, sí, un vaso de agua bien fría, y uno de esos deliciosos batidos de frutas con leche o yogur y un poquito de miel, mmm...


Aunque, en realidad, necesitar... no necesito nada. La felicidad completa la llevo dentro ;)

5 de febrero de 2012

At night

Francisca, la de la habitación 616, lleva un buen rato llamando a su abuela (y no es por ser agorera, pero a sus 89 años dudo mucho que la buena señora aún tenga de eso).
Esta noche, además de mis dos compañeras, me acompaña Murakami, que a pesar del aspecto entrañable que muestra en la contraportada, no es, y lo afirmo sin ningún miedo a equivocarme, una persona ni lo más mínimamente normal. Una asesina a sueldo enamorada de un escritor y matemático que le lee libros a su padre moribundo mientras una adolescente muy rarita se pasa los días sola en su piso (en el del escritor, se entiende) escuchando a los Rolling y tomando sopa de miso con tofu y alga wakame (sí, asqueroso, doy fe). Y ésa es sólo la parte realista de la historia, la parte, digamos, normal.

Lo cierto es que aquí nunca hemos tenido acompañantes de esos. De los que leen libros a sus familiares moribundos digo. Sería algo curioso de ver.
Me agrada ver que las enfermeras siempre salen bien paradas en los libros de Murakami. Es un detalle por su parte, aunque siempre acabe fijándose en sus pechos, dedicarse a contar las bondades de nuestra profesión.
Cuando me preparaba para ser enfermera, aprendí una cosa: las palabras alegres provocan que los tímpanos de la gente se estremezcan con alegría. En las palabras alegres hay vibraciones alegres. Independientemente de que comprendan o no lo que se les está diciendo, los tímpanos vibran con alegría. Por eso a las enfermeras nos enseñan que tenemos que decir cosas alegres en un tono alegre. Sea cual sea la lógica que lo explica, le aseguro que funciona. Se lo digo por experiencia. (1Q84, libro 2).
Yo juro que en la universidad me piré muy pocas clases interesantes (de las aburridas, la verdad, unas cuantas). La de aprender a coser con un trozo de carne de cerdo (yo es que, a pesar de adorar a Murakami, tengo una vena realista que me impulsa a aprender estas cosas en vivo y en directo, vamos, cosiendo la rodilla de una buena señora) y pocas más. Y a las prácticas en el hospital no falté ni un sólo día. Debe de ser que la formación de las enfermeras en Japón tiene, digamos, una orientación diferente. Aunque recuerdo claramente (y me esfuerzo en ponerlo en práctica) lo que me enseñó una enfermera en mi primer año de prácticas sobre el oído, que es el último sentido que se pierde, por lo que no deberíamos decir cosas delante de un moribundo o incluso de un muerto reciente que no quisiéramos que oyese. Lástima que los familiares casi nunca lo tengan en cuenta.

La de la 616 ha cambiado de retahíla. Ahora dice, unas veces que quiere morirse esta noche, y otras directamente que está muerta. Empezamos a pensar (nosotras tres, Murakami aquí no tiene ni voz ni voto) que ha llegado el "momento haloperidol". Bueno, por unanimidad decidimos darle un ratillo más, a ver si se duerme sola.
Y mientras nos cuenta Lourdes que mañana (bueno, en realidad mañana ya es hoy, es lo que tiene trabajar de noche, que el futuro llega mientras tú aún estás en el presente) son las Águedas (¿?), y que eso significa que las mujeres tienen que estar todo el día de pingo y los hombres dedicarse a las tareas de la casa. Y digo yo, ¿de qué siglo es eso para hacerse únicamente una vez al año? De cualquier modo, siendo o sin ser las Águedas, yo tengo intención de dormir toda la mañana y de levantarme a mesa puesta.

La de la 616 ahora llama a su madre. Bueno, la cosa no va mal, ya hemos bajado una generación, se va acercando (lentamente, eso sí) al mundo de los vivos. Seguimos debatiendo si ponerle o no el haloperidol. Aunque, si los personajes de Murakami pueden vivir entre dos mundos, ¿por qué Francisca no?

5 de enero de 2012

Buena suerte, mala suerte

"Hay algo que he aprendido en todos estos años. La suerte no existe. La suerte hay que ganársela, hacer todo lo posible para ponerla de tu lado."

Sí, ya lo sé, seguramente hayáis oído esta frase más de una vez y más de dos de boca de diferentes personas. Y, al menos en lo que respecta a la última frase, yo también estoy de acuerdo.
Pero... tanto como decir que la suerte no existe...

No sé si sólo me pasa a mí, o si cualquiera que mire a su alrededor puede percatarse de que eso no es así, de que hay cosas que no suceden por mérito propio y que achacarlas al azar o a las casualidades es excesivo hasta para el más iluso.

Yo sí creo en la suerte. Porque la suerte me ha demostrado que existe, una y otra vez, sobre mi propia piel y sobre otras pieles cercanas y queridas.

Pero "la suerte" no se usa en femenino por casualidad. La suerte es la feminidad en persona, y como tal no podemos aspirar a entenderla en su totalidad, ni a comprender sus recovecos y entresijos.
A la suerte le gusta jugar, y pocas veces va de cara. Y esto sí que lo he visto en infinidad de situaciones, que sucede algo, algo aparentemente malo, triste, desolador, cruel, que con el tiempo se ve que no era tal cosa, sino un sufrimiento necesario y pasajero para llegar a algo mucho mejor, algo que la suerte nos tenía reservado, que casi siempre implica además un importante aprendizaje.
Y así es como juega con nosotros. Sucede algo en tu vida, y al poco tiempo piensas que qué rabia, si no hubiese sucedido serías mucho más feliz. Y cuando sigue pasando el tiempo te paras a pensar y te das cuenta de que, gracias a eso que sucedió que tanto llegó a apenarte, has dejado atrás algo, o conservado algo, o conseguido algo, que hoy es precisamente la fuente de tu felicidad.

Pero, además, con algunas personas especiales, la suerte hace alinearse los astros para que, incluso las cosas malas, vengan al tiempo que otras mucho más buenas que envuelvan ese dolor necesario de ilusión y felicidad. Condescendencia normal de la suerte con esas personas por otra parte, si se tiene en cuenta el corazón tan grande que llegan a albergar. Son casos contados, claro está, y reservados sólo para unos pocos, pero cuando los tienes delante no puedes más que rendirte ante la evidencia, la existencia de la suerte como algo que está ahí, algo con lo que convivimos nos demos cuenta o no.

PD. Sí, haz todo lo que esté en tu mano para que la suerte esté de tu lado porque, más a menudo de lo que pensamos, le confiamos a la suerte cosas que no son de su jurisdicción, cosas que hemos de trabajarnos nosotros mismos, día a día, y que no dependen de nada ni de nadie más.