5 de febrero de 2012

At night

Francisca, la de la habitación 616, lleva un buen rato llamando a su abuela (y no es por ser agorera, pero a sus 89 años dudo mucho que la buena señora aún tenga de eso).
Esta noche, además de mis dos compañeras, me acompaña Murakami, que a pesar del aspecto entrañable que muestra en la contraportada, no es, y lo afirmo sin ningún miedo a equivocarme, una persona ni lo más mínimamente normal. Una asesina a sueldo enamorada de un escritor y matemático que le lee libros a su padre moribundo mientras una adolescente muy rarita se pasa los días sola en su piso (en el del escritor, se entiende) escuchando a los Rolling y tomando sopa de miso con tofu y alga wakame (sí, asqueroso, doy fe). Y ésa es sólo la parte realista de la historia, la parte, digamos, normal.

Lo cierto es que aquí nunca hemos tenido acompañantes de esos. De los que leen libros a sus familiares moribundos digo. Sería algo curioso de ver.
Me agrada ver que las enfermeras siempre salen bien paradas en los libros de Murakami. Es un detalle por su parte, aunque siempre acabe fijándose en sus pechos, dedicarse a contar las bondades de nuestra profesión.
Cuando me preparaba para ser enfermera, aprendí una cosa: las palabras alegres provocan que los tímpanos de la gente se estremezcan con alegría. En las palabras alegres hay vibraciones alegres. Independientemente de que comprendan o no lo que se les está diciendo, los tímpanos vibran con alegría. Por eso a las enfermeras nos enseñan que tenemos que decir cosas alegres en un tono alegre. Sea cual sea la lógica que lo explica, le aseguro que funciona. Se lo digo por experiencia. (1Q84, libro 2).
Yo juro que en la universidad me piré muy pocas clases interesantes (de las aburridas, la verdad, unas cuantas). La de aprender a coser con un trozo de carne de cerdo (yo es que, a pesar de adorar a Murakami, tengo una vena realista que me impulsa a aprender estas cosas en vivo y en directo, vamos, cosiendo la rodilla de una buena señora) y pocas más. Y a las prácticas en el hospital no falté ni un sólo día. Debe de ser que la formación de las enfermeras en Japón tiene, digamos, una orientación diferente. Aunque recuerdo claramente (y me esfuerzo en ponerlo en práctica) lo que me enseñó una enfermera en mi primer año de prácticas sobre el oído, que es el último sentido que se pierde, por lo que no deberíamos decir cosas delante de un moribundo o incluso de un muerto reciente que no quisiéramos que oyese. Lástima que los familiares casi nunca lo tengan en cuenta.

La de la 616 ha cambiado de retahíla. Ahora dice, unas veces que quiere morirse esta noche, y otras directamente que está muerta. Empezamos a pensar (nosotras tres, Murakami aquí no tiene ni voz ni voto) que ha llegado el "momento haloperidol". Bueno, por unanimidad decidimos darle un ratillo más, a ver si se duerme sola.
Y mientras nos cuenta Lourdes que mañana (bueno, en realidad mañana ya es hoy, es lo que tiene trabajar de noche, que el futuro llega mientras tú aún estás en el presente) son las Águedas (¿?), y que eso significa que las mujeres tienen que estar todo el día de pingo y los hombres dedicarse a las tareas de la casa. Y digo yo, ¿de qué siglo es eso para hacerse únicamente una vez al año? De cualquier modo, siendo o sin ser las Águedas, yo tengo intención de dormir toda la mañana y de levantarme a mesa puesta.

La de la 616 ahora llama a su madre. Bueno, la cosa no va mal, ya hemos bajado una generación, se va acercando (lentamente, eso sí) al mundo de los vivos. Seguimos debatiendo si ponerle o no el haloperidol. Aunque, si los personajes de Murakami pueden vivir entre dos mundos, ¿por qué Francisca no?

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