14 de junio de 2012

¿Desgracias? No, gracias

Es una "suerte" (perdón por la palabra) que la economía esté como está y que en los telediarios no se hable de otra cosa (vale, la suerte sólo es lo segundo, lo primero no tanto) porque, al parecer, a mis hormonas no les afecta el tema de la economía (uff, menos mal, si no tendría que mudarme de planeta).
En cambio no soportan, y por extensión consiguen que yo tampoco, otro tipo de desgracias. ¿Que una madre abandona a su recién nacido en la puerta de un convento con una nota que dice que es lo más duro que ha hecho en su vida? A mí se me pone un nudo en la garganta que no me deja acabar de desayunar. ¿Que testifican los niños del caso karate? Yo tardo cero coma en cambiar de canal y hablar de cualquier cosa alegre happyhippy. Uy, este libro tiene buena pinta, a ver qué dice la contraportada... ¿que un hombre se muda a una isla casi desierta para superar la muerte de su mujer? Lo dejo horrorizada en la estantería tan deprisa como si me diera calambre. Pero si es que ¡hasta he tenido que sacar la canción de Penélope de mi repertorio de reproducción aleatorio porque el final es tan triste que me daban ganas de llorar!

Creo que el problema básicamente radica en la yuxtaposición de contrastes demasiado extremos, y me explico. Mi estado basal actual, recordemos que doblemente hiperhormonado, supone una sensación de felicidad del tipo "casa de la pradera" que se extiende a lo largo de, digamos, el 90% de mi tiempo. Atención, he dicho del tipo "casa de la pradera", ojo que eso no es cualquier cosa. Vamos, un subidón que ya quisieran para sí los que experimentan con otras drogas menos naturales! Sí, una gozada, lo sé!

Pero ¿qué pasa cuando te acostumbras, ya no a lo bueno, sino a lo increíblemente bueno? ¿qué sucede ese otro 10% de mi tiempo? Pues que, claro, las comparaciones son odiosas pero inevitables, y cuando te ponen delante cosas que para otras personas en la distancia no pasan de ser "malas", a ti te parecen la cosa más terrible del mundo.

El hombre de la canción sobrevive a la guerra, y no se enamora de otra sino que vuelve a por su amada un montón de años después, y ella que tampoco se ha ido con otro y lleva toda la vida esperando tiene la inmensa suerte de que él regresa y... ¿Cómo puede ser que una canción con tanta desgracia junta pero en la que se confabulan tan bien los astros no tenga al menos un final digno? Si sólo había que cambiar un par de frasecitas al final, que ya bastante penosa era la situación como para echarle más leña al fuego, no?
Lo peor de todo es que lo que más me ha gustado siempre de esa canción es el final, a pesar de lo triste. Claro que ahora son las hormonas y no yo las que deciden qué me gusta y qué no soporto, y parece que estas hormonas no tienen mucho que ver con la "yo" que era yo antes...

Lo que sí tengo que agradecerles desde ya a mis hormonas es que ni se inmuten con la prima de riesgo, ni con la tía del ibex, ni con la madre banca, ni siquiera con los sobrinitos esos que le dan patadas a un balón... Gracias, hormonas!


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